Por allá por 2005 había comenzado a escribir un libro titulado el libro de mi vida. Recién llegada a España con mi marido. Me encontraba en la soledad de mi cuarto escribiendo y leyendo en el libro intentado plasmar lo feliz que era y lo agradecida que estaba por todo lo que sucedía en aquella vida. Y así escribí, en un cuaderno verde espiralado, lo que sería una especie de diario, registrando lo maravillosa que era mi vida frente al mediterráneo incluyendo el nacimiento de mi hija en 2007. Hasta ese momento escribía para recordarme a mí misma todo lo que estaba bien.
El libro quedó incompleto, me convertí en madre y esposa, trabajaba mucho y había empezado otro diario para mis hijos, el cual aún sigo escribiendo, con las cosas que como madre quisiera conservar en la memoria. Guardaba ese primer libro como oro a través de los años y cada tanto lo releía, pasó el tiempo, pasaron muchas historias y ya de vuelta en la Argentina, en mi ciudad natal, con mis dos hijos, viviendo sola, retomo ese primer intento de escritura y me doy cuenta que ya no me identificaba, que todo eso que me había hecho feliz ya no existía y lo peor de todo que no había sido más que un intento de recordarme porqué estaba viva, que tenía que sentirme bien a pesar de todo pero en el fondo yo sabía que no era así. Me di cuenta que ese diario solo reflejaba una parte de mi realidad, la aparente, la vida en automático. Sin embargo, no registrada en ningún momento mi verdadero sentir, lo más profundo, mi soledad y mi tristeza.
Mirándome desde lejos en la distancia espacio-temporal, no tenía los recursos para hacer frente a tal situación y preferí ahogar la angustia y distraerme. Aquel libro no era más que mi propia acción de obligarme a ver lo positivo de la vida. Era imposible para mí registrar lo verdadero. Entonces recordé mis mañanas bajando la escalera de mi casa para ir a trabajar, me sentaba en la playa de Badalona, frente al mediterráneo, las lágrimas surgían como cataratas, por un lado atónita por la belleza del mar y por otro una tristeza muy profunda que ni yo sabía porque estaba ahí…
Tiempo más tarde, todo dio un giro, lo cotidiano, lo profesional, la maternidad, conocer realmente a la mujer que vivía dentro de mí. Recuerdo que a mis 29 años, todo en mi vida se puso patas para arriba.
Hasta este momento seguía casada, estaba construyendo lo que sería mi casa familiar, tenía mi auto, el cobijo de mi familia de origen, dos hijos hermosos como una profesión en desarrollo como profe de idiomas y un gran vacío en mi interior.
Les resuena? A lo largo del camino me encontré con muchas mujeres que se sintieron de la misma manera alguna vez. A pesar de tenerlo todo había perdido el más importante, a mí misma, mi deseo, mi alegría y lo peor de todo que ni siquiera me había dado cuenta, ni cómo, ni dónde. Fue así entonces que decidí salirme de ese camino y como quién va en una carretera oscura y pega un volantazo, giré hacia no sé dónde pero giré y el camino ya no era el mismo, no estaba tan oscuro, aunque la nube de polvo aún no me dejaba ver con claridad.
Comencé las acciones correspondientes, empecé mi camino independiente, monté mi propia oficina en el centro de mi ciudad, me mudé a vivir sola con mis hijos, y comencé mi primera incursión en el camino del Reiki.
Siempre desde muy pequeña había creído que existía una fuerza más grande que todo lo podía y que no lograba comprender bien que era. No era ese Dios que estaba en la iglesia pero recuerdo que mis entradas en ella me brindaban el silencio y la paz que necesitaba.
Estando en España me habían prestado un pequeño libro verde sobre esta disciplina, aún recuerdo la inmensa emoción que sentí cuando hice el primer ejercicio que el libro proponía y logré percibir aquella vibración en mis manos. ¡Era real! Todo aquello que parecía tan lejano e inentendible cuando niña había cobrado sentido. Así que ya establecida en mi ciudad natal nuevamente decidí retomar aquel camino.
Este camino estaba plagado de sinuosidades y obstáculos, pero a pesar de ello, con cada capa de cebolla que lograba identificar y sanar en mi ser más libre y en paz me sentía.
Desde mi primer despertar a mis 16 años, con el libro de Paulo Coelho, El alquimista, no había podido sentir aquella gratificación a la vida nuevamente hasta que recorriendo los recovecos del desarrollo personal iba recuperando a esa Regina original de la que tanto me había alejado.
Este camino tan subjetivo, personal y espiralado me permitió conocer personas hermosas, un sinfín de técnicas y herramientas que posteriormente fueron y son útiles para acompañar a otros en sus procesos, pero sobre todo me brindó la bendición de encontrarme y reconocerme a mí misma, ser una mejor persona en todo sentido, mejorar mis relaciones, sanar mis vínculos y hoy poder dedicarme a mi gran sueño que es ser escritora.
Es un camino sin fin, podría decir que mi contacto con el dominio de mi energía fue el primer paso y a este paso le siguieron muchos más en forma de decisiones que no siempre fueron gratas, muchas fueron dolorosas, otras liberadoras, pero todas con un solo objetivo convertirme en mejor ser humano y aportar mi granito de arena a mejorar este maravilloso mundo.